La cuarta llave

miércoles, 11 de mayo de 2016

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Cómo no voy a estarte agradecida, si enseñándome todo lo mala que un alma puede ser me has ahorrado tantas vidas. Me queda el pesar de que yo nada he hecho por ti. Te vas tan mala como viniste. Supongo que hay cosas que no se pueden cambiar, y que aquello de que en su origen todas las almas son buenas por naturaleza, es solo palabrería, la ilusión ingenua del alma que cree, absurdamente, que el bien puede existir sin el mal. Todas somos necesarias, todas somos imprescindibles desde el improbable momento de existir, y siempre estaremos en guerra las unas contra las otras. Algunas veces venceréis, y nuestro mundo se teñirá de gris obscuro, otras perderéis, y será el gris lucídico lo que el parpado deje entrar. El resto de colores será para cada una tan relativo como la relatividad. Un descanso. Un impasse, un onírico instante que artificialmente nos obvia la obscuridad. En esas anomalías del tiempo y el espacio, en esas sincronicidades, nos encontramos y tenemos la imposible sensación de que somos iguales, y no hay nada que esté más lejos de la realidad. Luchamos interinamente por ocupar un mismo lugar, pero ocuparlo ambos al mismo tiempo es físicamente imposible. Tengo la esperanza en la cicloicidad, y sabiendo que nada es eterno, esperanzo en algún momento de mí vida verte caer, y morirme con la suerte de poder haber visto alguna vez el gris lucídico, aunque sepa que solo sea porque mí parpado lo haya dejado entrar.

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